lunes, 4 de julio de 2011

Sobre la incapacidad de la WWE para generar nuevas estrellas


Wrestlemania 23 supuso la confirmación de una preocupante tendencia, especialmente para WWE pero extensible al wrestling en general, que venía observándose desde hace ya bastante tiempo. En los tres combates que suponían el plato fuerte de la edición del evento anual más importante del mundo del wrestling, las estrellas jóvenes, las supuestas portadoras del presente y futuro de la empresa, fueron incapaces de arrancar de los más de 80.000 asistentes al Ford Field de Detroit los mismos aplausos que las leyendas consagradas (e incluso sagradas). En la ultrapromocionada Batalla de los Billonarios, por ejemplo, la mayor ovación, con diferencia, la recibió el árbitro especial del combate, el legendario Stone Cold Steve Austin. Ni el campeón de la "nueva" ECW Bobby Lashley, ni el campeón Intercontinental Umaga, dos de los luchadores que más push habían recibido por aquel entonces, fueron capaces de generar una reacción que se acercara mínimamente a la que recibió el texano. No creo equivocarme si digo que todos los fans que seguimos en directo el evento pensamos en ese momento que todo el intensísimo trabajo de promoción que WWE había realizado en los meses previos, tratando desesperadamente de obtener una atención masiva hacia este combate, hubiera servido de muy poco de no ser por la presencia de Austin en el mismo. Ni siquiera la, en principio, atractiva storyline que suponía enfrentar al dueño de la WWE Vince McMahon con un personaje tan popular como el multimillonario Donald Trump tiene tanto poder de atracción como la figura de Stone Cold, que es la que finalmente imprimió a la pelea el marchamo de posible clásico Wrestlemania.

Peor aún, los dos combates que decidían el destino de los cinturones principales de la promoción ilustraron todavía más descarnadamente esta diferencia de carisma entre las nuevas estrellas y las leyendas de la WWE. Por segundo año consecutivo, John Cena, el luchador que desde la empresa se ha señalado como nueva estrella principal y campeón indiscutible, se enfrentaba, tan estoica y profesionalmente como es característico en él, al disgusto de una mayoría de aficionados que preferían que su rival (en 2007 el mítico Shawn Michaels, el año anterior el no menos legendario Triple H) se hubiese llevado la victoria. Hace unos cuantos años, una situación como esta hubiese resultado impensable. No es que sea la primera vez que el público de la WWE se rebela contra los planes de la empresa, pero nunca antes el designado como face principal, y por consiguiente portador del derecho a celebrar por todo lo alto la victoria en el main event de Wrestlemania, se había encontrado con que su gran fiesta era coronada con una mayoría de abucheos por parte de los fans. Menos aún que esta situación se dé por segundo año consecutivo. Al menos en 2007 cabe decir que Cena se enfrentaba a otro face de larga y más que meritoria carrera como Michaels, pese a que el comportamiento de este durante el feud que precedió a su combate en Wrestlemania fuera más bien de heel. Sin embargo, en Wrestlemania 22 la situación fue la misma y Cena se enfrentaba al que durante muchos años había sido el top heel de WWE: Triple H.

Igualmente, en el combate por el World Heavyweight Championship, principal del roster Smakdown!, el campeón y hasta entonces indiscutible top face Batista fue intensamente abucheado por el público, mientras su rival era aclamado de una forma que resultó casi humillante para el bueno de Dave. Cierto es que se medía con el que sin duda es el mayor icono en activo, Ric Flair aparte, del wrestling profesional, al portador del que quizá sea el mejor gimmick de todos los tiempos, al imbatido en Wrestlemania, al luchador que más pasión sigue despertando en los fans, en fin, al Undertaker. Pero no es menos cierto que Batista había sido hasta ese momento el último gran face que la WWE había sido capaz de ofrecer, el único capaz de levantar con casi total unanimidad a miles de personas de sus asientos como los grandes de antaño. Es también verdad que desde el regreso de la grave lesión que le mantuvo fuera de los rings la primera mitad del año 2006, Batista había visto bastante mermada tanto su popularidad como esa dinámica fiereza con la que encaró su primer reign como World Heavyweight Champion. No hay más que recordar el apoyo que su rival en el Royal Rumble de aquel año, Mr. Kennedy, logró arrancar del público. Pero eso no empaña el hecho de que Batista seguía siendo uno de los luchadores más populares de WWE. Por ello, a muchos nos dejó boquiabiertos el modo en que los fans asistentes a Wrestlemania 23 le abucheaban y apoyaban las acciones de su rival. Demonios, no es que apludiesen más al Taker, es que directamente abucheaban a Batista, incluso después de ofrecer, casi contra todo pronóstico, un muy buen combate.


Podría argumentarse, y no faltarían razones para hacerlo, que el público de Detroit se encuentra entre los más exigentes de EEUU. Sin embargo, creo sinceramente que estaríamos esquivando el problema real. Como dije más arriba, lo sucedido en Wrestlemania 23 no fue más que la manifestación más visible de una tendencia que se viene observando en los últimos años. ¿O acaso no recurre continuamente la WWE a las leyendas cuándo necesita darle un empujón a los ratings? Cada cierto tiempo, la WWE se ve obligada a volver a llamar a Foley, a Hogan o Austin para darle a sus programas o PPV un interés que las jóvenes estrellas del roster no son capaces de dar por sí mismas. No pasan demasiados meses sin que veamos a Sgt. Slaughter, Iron Sheik, Jimmy Snuka, Roddy Pipper o Mae Young en algún programa o PPV. Incluso hemos visto como veteranos (Ron Simmons, Dusty Rhodes, Hacksaw Jim Duggan, Tatanka, Chavo Guerrero Sr., Bob Orton o el Road Warrior Animal, pese a que finalmente también todos ellos han sido despedidos tiempo después por diferentes motivos) han ocupado un puesto fijo en el roster.

Desde su retirada, la WWE ha intentado desesperadamente que Chris Jericho vuelva al wreslting o que The Rock ofrezca siquiera breves cameos, no digamos ya la que por mucho tiempo ha sido una permanente obsesión de Vince McMahon por que Bret Hart regresara a la que durante tanto tiempo fue su casa. Una de las grandes esperanzas de la empresa, Randy Orton, fue originalmente pusheado sobre todo por su pertenencia a una saga familiar de luchadores y a su sucesivo enfrentamiento a leyendas del wrestling. El Undertaker o Shawn Michaels han sido apelados por la empresa para que sigan en los main events e incluso tengan un último run como campeones. Hasta al ya anciano Ric Flair se le ha mantenido en PPV peleando por cinturones porque su sola presencia basta para levantar de sus asientos a los aficionados. Reconstrucción de ECW, reuniones de stables, storylines mil veces repetidas (screwjobs, por ejemplo), continuas referencias a pasadas situaciones y grandes nombres del pasado, rumores de regresos sonados...


Son demasiados indicios como para ignorar que el problema existe y que la WWE no está sabiendo atajarlo. Más bien al contrario, la permanente apuesta por la nostalgia en la WWE post Attitude está suponiendo, o eso al menos creo yo, un pilar cada vez más importante en la cada vez más desesperada estrategia de la empresa por recuperar la popularidad perdida desde el final de las Monday Night Wars. Pero a nadie se le escapa que está lejos de suponer una solución a largo plazo. A pesar de que a muchos aficionados veteranos nos da pena ver el estado de algunos de nuestros ídolos masacrados por los años, su sola presencia sigue siendo un poderoso acicate para que muchos continúen viendo la programación de WWE. Que no se me entienda mal, la presencia de los veteranos ha sido una constante en la historia del wrestling. Como managers, comentaristas, ejerciendo labores directivas, de árbitros especiales y muy de cuando en cuando luchando, los veteranos siempre suponían un interés añadido a los programas. Representaban la continuidad del negocio con el pasado glorioso, proporcionaban respetabilidad al presente y al mismo permitía a los clásicos seguir vinculados a la industria y recibir el cariño de un público que no los olvidaba. Ahora bien, antes la presencia de los veteranos era la guinda del pastel, un valor añadido a una programación atractiva por sí misma. En cambio, en la actual la WWE la nostalgia parece una salida fácil a una crisis estructural, un salto hacia ninguna parte, una sobreexplotación del pasado para maquillar un triste presente, quizá a costa del futuro.

¿Cuáles son las causas de esta situación? Sin duda son múltiples y difíciles de aclarar y más aún de solucionar. No me gustaría dejarme llevar por discursos apresurados y en mi opinión erróneos, como el que alude al descenso del talento dentro del ring, algo en lo que estoy en total desacuerdo. En primer lugar porque parte de una apreciación en mi opinión muy sesgada de lo que es el talento, que ahora parece limitado a la técnica luchística, la agilidad voladora o la capacidad de realizar grandes spots. El tipo de discurso que niega que Hulk Hogan, el luchador más importante de todos los tiempos, tuviera talento (¿cómo demonios entonces ha conseguido ser el más famoso luchador de la historia?). No, el wrestling no se limita a eso. El wrestling es entretenimiento, épica, contar una historia. Por eso, por mucho que nos empeñemos, Hulk Hogan ha levantado unas pasiones que un luchador mucho más dotado técnicamente como Kurt Angle nunca ha logrado despertar; por eso Batista ha sido mucho más popular que Shelton Benjamin pese a que muchos prefiramos a este último; y por eso The Sandman es mucho más icono de ECW que Jerry Lynn. Además, ¿acaso es peor Daniel Bryan que Steve Austin?, ¿tiene menos calidad Justin Gabriel que The Rock? Si medimos el talento exclusivamente por los parámetros arriba descritos, la respuesta a ambas es necesariamente negativa. No, el problema es mucho más complejo y más profundo, y debe ir más allá de referencias ventajistas a este u otro luchador, llámese este Cena, Khali o como se quiera. Estamos ante un problema estructural de la WWE, y con ella del negocio entero.

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